Esa sensación silenciosa de vacío entre luces y abrazos que nadie te cuenta…

Diciembre siempre llega con su magia cursi: luces doradas, villancicos que no dejan de sonar y ese olor a canela que invade la casa. Y ahí estaba yo, con mi copa de vino en la mano, mirando el árbol iluminado… y sintiéndome vacía.
Recuerdo todas las navidades, que acostumbrarse es otra forma de morir… Y bueno, te lo cuento…. de esas veces que tenía la misma sensación, sobre todo cuando cada persona que se me acercaba me daba una idea de cómo abrazar el deseo que querer estar mejor.
Todo parecía perfecto. La cena estaba lista, la casa impecable, las risas sincronizadas. Y, aun así, algo no cuadraba. Lo supe de inmediato: la costumbre jode.
No jode de golpe. Jode despacito y lentamente, con sigilo, ese «más de lo mismo:», ese «estoy para todos y menos para nosotros», con la complicidad de lo que “ya se conoce”. Te hace creer que amar es quedarse quieto. Que insistir, aunque duela, es suficiente. Que no discutir es sinónimo de madurez.
Yo también caí en eso. Me acostumbré a poner la mesa perfecta y sentarme sin hambre. A sonreír mientras el corazón pedía algo más. A repetir diciembre con la misma persona, pero sin el mismo brillo en los ojos. A creer que sigo un protocolo perfecto: los regalos, la comida, la ropa, el atender bien y dejar una buena impresión para quizás tomar algo en el sofa que más tarde tendría que limpiar.
Acostumbrarse es esperar que el otro cambie.
Es suponer que “ya debería saberlo”.
Es no tocar distinto, no crear nuevos rituales, no aventurarse.
Y mientras la ciudad se llenaba de luces, me di cuenta: la costumbre mata el deseo. No hay explosiones dramáticas, ni gritos, ni platos rotos. Solo silencio. Solo esa sensación de vacío que se cuela entre los villancicos y las conversaciones de siempre.
Navidad te pone frente al espejo:
te muestra lo cómodo que es quedarse en la rutina,
y lo incómodo que es admitir que eso ya no alcanza.
Porque cuando amar se reduce a costumbre,
no hay chispa que sostenga la relación.
Solo miedo a mover el árbol.
Y sí… la costumbre jode.
Aunque todo luzca perfecto.
Aunque todos crean que estamos bien.
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